CARTA DE AMOR. II
Amor mío:
Nunca imaginé que entre nosotros, pudiera vencer el cruel
orgullo; sabiendo que me amas ( Lo has jurado muchas veces), cómo permites este
abrumador silencio y no muestras un mínimo interés para nuestra reconciliación.
Desde aquel día que nos enfadamos, todo ha perdido sentido y
en verdad, no se que hacer; se han adueñado de mi, crueles temores y reflexiono
sobremanera, del error que cometí al no darle el justo y verdadero valor a tus
sentimientos.
Ciertamente los celos enceguecen y están acompañados de horrendas
fantasías. Me angustio al pensar que tu no quieras perdonarme y sea esta la
razón por la que rehúyas de mi presencia, pues he frecuentado todos los lugares
donde solíamos ir, abrigando la esperanza del encuentro, pero es inútil, más
aún, esta es la tercera carta que te escribo y no se que será de ti.
Por favor, acalla los gemidos de mi corazón y dale sosiego a
mi alma, pues ahora todo es desencanto en mi vida: Días intensos y noches
eternas en un desvelo que destroza todo mi ser, pues en mis delirios, recuerdo
tus dulces palabras y la ternura de tus caricias.
Ya sabes cuanto significas para mi y que lucho porque esta
ilusión no muera, mas con todo mi pesar, este es mi último ruego, bien me
conoces, que no admitiría que la compasión sustituya al amor.
Finalmente, y como ha sido costumbre en mis epístolas, te
envío un verso del gran poeta Epifanio Mejía, que describe un auténtico retrato
de mi presente vivir:
“Yo soy como la tórtola del valle/ que ausente del amor
sufriendo llora,/ paloma de los verdes arrayanes/ que por su nido y por su amor
solloza”.
Siempre tuyo: quienes vivan este sentimiento.