Escucha mi amada la historia
de la tórtola que abandonó su nido,
que se fue por el valle florido
llena de dicha y con hermosos trinos.
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Cruzó los valles el desierto y la mar
sus alas grandes no dejaba descansar,
buscaba ansiosa el lugar que la ilusión
en la mente pintó su vanidad.
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Aún el enamorado no se había enterado
que su infiel amada se fue como el viento,
y gozaba en el campo buscando alimento
¡Esto es para ella, decía contento!
Llenando el pico de deliciosas frutas
batió sus alas hacia su dulce hogar,
voló muy ansioso por la más corta ruta
y en pocos instantes pudo llegar.
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Descargando el alimento, se puso a cantar:
¡Ven amada mía, no es hora de jugar!
no te escondas más, no me hagas esperar,
¡Te traje de las frutas, que a ti te gustan más!
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Calló unos instantes, mirando por los valles
observando porque lado, su amor se presentaba,
empezó a sentir que venían los pesares
y como sus lágrimas, se querían derrumbar.
Cantó a toda fuerza al son de la tristeza:
¡No es justo ángel mío que tú te hayas ido!
decid mi Dios querido por qué la he perdido
si es ella la única razón de mi existencia.
Y así, entristecido, quedó a Dios diciendo
echado en el nido que fue su bella prenda,
las lágrimas mojaban, las ramas de aquel pino
la soledad reinaba, incitando vil quimera
Pasaron muchos días, pasaron muchas noches
veloz el tiempo pasaba, llegando hasta los meses,
y ahora aquel cantor, tan triste y fracasado
¡Por no moverse del nido, la muerte lo tapó!
Mas oye amada mía el canto de agonía
de aquella despiadada y pobre ilusionada,
cuando ya en su regreso, cansada de la vida
volvió a su guarida que un día era su paz.
Se acercó al nido buscando dulces besos
y sus ojos espantados, quedaron al mirar,
que ya de aquella dicha que ansiosa ella buscaba
tan sólo había restos de lo que fue su amor.
Y ahora sola, luchando en su conciencia
al cielo clama con insistente voz:
¡Dame Señor la muerte en este instante,
dame mi amado aunque sea tu perdón!