Existió en la tierra un hombre santo
era poderoso, sabio y humilde,
eran sus ojos dos rayos de encanto
que todo lo que miraba quedaba sublime.
Rey de reyes en el universo era
su grandeza del infinito vino,
mas quiso nacer en una pesebrera
para dar el primer paso a lo divino.
La humildad reinó en su corazón
el amor brilló con gran resplandor,
verdad sin mácula nos mostró
la sabiduría era bella en aquel hacedor.
Anduvo por la tierra haciendo prodigios
curando la lepra, los ciegos, los vicios...
resucitó muertos, enseñó sus caminos
derrotó los infiernos, sabios eran sus juicios.
Dio luz pero recibió tinieblas
compasión también, pero escupieron sus prendas,
extendió sus manos con amor y cariño
pero las clavaron con fuerte martirio.
El pecado terrible en su amor perdonó
abrigó sus ovejas como el Buen Pastor,
no ha existido hasta ahora, ni lo habrá jamás
otro como aquel, que su vida entregó.
Predicó la verdad, mas por ella fue muerto:
¡Que es este mundo tan incierto,
que es la mentira un cetro,
donde reina el gran traidor;
el amor es grande duda,
todo perdido lo encuentro,
¡OH Señor! yo no comprendo,
de este mundo la razón!
Cruel, satánico y absurdo,
ser la hipocresía el encanto,
ser la vanidad un manto,
que tapa lo bello y santo;
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La sed calmar querías, con un poco de amor
¡Cómo pudiste amarnos, en medio de tanto dolor!
y este mundo miserable, te brindaba un vinagre,
¿Cómo Señor permitiste, tan inhumana acción?
Tú bien sabes lo que haces,
y tu voluntad es la mía,
pero, ¿Para qué Señor nos creaste,
si con lo ángeles tenías?
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